martes, 19 de julio de 2011

Yuyachkani y nuestra memoria colectiva en la obra Sin Título.




No forman el verdadero Perú las agrupaciones de criollos y extranjeros que habitan la faja de tierra situada entre el Pacífico y los Andes; la nación está formada por las muchedumbres de indios diseminadas en la banda oriental de la cordillera
Manuel Gonzáles Prada


Yuyachkani y nuestra memoria colectiva en la obra Sin Título.

Sin Título
El sábado fui con mi hermana y una pareja de amigos al Teatro de Yuyachkani, en la calle Tacna, Magdalena.  Cómo me gustaría comprar una casona como aquella y restaurarla.  Deben quedar aún muchas en los lugares más insospechados.  Si saben de alguna, me avisan.

La obra me encantó, pero me dejó pensando mucho sobre lo equivocada que es la memoria colectiva que algunos sectores de lo peruano están formando.  Empecemos por lo que me encantó.  En primer lugar, me gustó por el contenido, porque el énfasis en la memoria colectiva de los episodios traumáticos de nuestra historia y su efecto en los menos favorecidos es correcto.  En segundo lugar, porque establece la necesidad de que esos capítulos terribles de la historia no sean olvidados.  En tercer lugar, porque el tratamiento estético es muy bueno.  La escenificación se ha organizado de tal forma que los espectadores ingresamos a una especie de “Museo Instalación”,  donde los objetos rodean las paredes como si fueran parte de una exposición sobre el Perú, y donde los actores se trasladan y actúan sobre tabladillos móviles que el público rodea, de pie, como si se tratara de una feria popular.

La obra es una escenificación de episodios de nuestra historia que van desde la Guerra con Chile hasta las esterilizaciones masivas, y en cada episodio aparece un personaje olvidado, desde un soldado indio de la resistencia de Cáceres o una chorrillana convertida en viuda tras la batalla de San Juan de Miraflores hasta una chola vestida de rojo protestando por la pérdida de su fecundidad.  También irrumpen personajes que han marcado la historia, como Abimael Guzmán o Vladimiro Montesinos, magníficamente escenificados en sus momentos cumbre.  Guzmán da vivas y vítores y baila la danza de Zorba el Griego sobre un tabladillo de vidrio, montado encima de un Cristo que duerme, idéntico a las imágenes de los Cristos en los templos andinos.  Montesinos aparece sobre un tabladillo junto con Fujimori en una danza de apuñaladores dedos con los que señalan, amenazantes, a enemigos anónimos de entre el público.

Los momentos más emotivos para mí fueron tres.  El primero, fueron los discursos de queja de las víctimas de la Guerra con Chile.  De pie, cada personaje le dicta sus desgracias a un notario, quien tipea pacientemente en su máquina de escribir.  Cuando le toca a la india y empieza a hablar en quechua, me invadió un sentimiento de culpa.  Por qué no hablo quechua, si un tercio de mis compatriotas lo habla como lengua materna?  Qué contradicción divisiva, pensé.  Es algo que debería cambiar.  El segundo fue la rifa del Perú, una escenificación donde bailan un Fujimori en patines, un Nicolás de Bari Hermoza en zancos y el brazo alargado e izado en un permanente saludo militar, un Montesinos de calva brillante (todos los actores llevan máscaras brillantes y moldeadas al estilo de las fiestas populares) y dos tinterillos enanos que podrían ser congresistas, jueces de paz, autoridades regionales, vaya uno a saber.  Dentro de ese episodio hay un momento cumbre cuando, con la música de Chino-Chino-Chino, luego Hola Yola y, finalmente, Trampolín a la fama Ferrando, uno de los tinterillos abre un tablero de Monopolio y de él empieza a sacar billetes que se elevan hasta el techo del escenario.  No puedo imaginar mejor metáfora del alegre juego corrupto de quienes ejercitan el poder como si actuaran en un circo, trabajando sólo para beneficio propio y, encima, encontrándolo entretenido.  El tercer momento fue el de la india y la asháninka vestidas con trajes sobre los cuales estaban descritos con tinta roja todos los detalles sórdidos de las 300,000 esterilizaciones masivas. 

Hubieron muchos episodios más, algunos más religiosos, otros más antropológicos, pero fueron los episodios políticos los que más me impresionaron.  Las palabras de Salomón Lerner sobre los más de 65,000 muertos durante la violencia de los últimos 25 años me sacudieron el alma.  Dos tragedias como la guerra con Chile y la “guerra interna” que sufrimos fueron explicadas por los mismos factores: la pequeñez y egoísmo de nuestros líderes, la disociación entre nuestros pueblos, el aislamiento de los menos favorecidos y la cultura del olvido y el abuso.  Si entre 1879 y 1883 fueron los chilenos los que nos masacraron, entre 1980 y el 2000 fuimos nosotros mismos los que nos masacramos.

Negando a Gonzáles Prada
Pero de la obra me queda un sabor bien amargo.  No dejo de pensar que igual es una obra tendenciosa y que no le hace bien a la memoria colectiva del Perú resucitar sólo algunos pedazos de su historia y no otros igual de venenosos sólo porque no caben en nuestro caudal ideológico.  El énfasis en Montesinos y Fujimori, así como la representación light de Abimael y, por último, las frases de divisivas de González Prada me dejaron pensando en que Sin Título es una obra desfasada y, en el fondo, tendenciosa.  Para empezar, la frase de González Prada ya no aplica.  Reconozco que parte del problema en el Perú es la falta de reconocimiento de ese otro lado, del Perú indio y del sur, del Perú amazónico.  Pero ellos no son el único Perú y no deberíamos tomar a aquel Perú como ejemplo o como guía.  García declaró hace poco que en estas elecciones quien había ganado y elegido era Puno.  Es cierto, pero fue por la división del centro que finalmente se dio que quienes eligieran fuesen los extremos y los olvidados, y no las mayorías. 

Pero, por más que ellos merezcan su lugar en la memoria por las atrocidades y los abusos que han sufrido y por la tremenda deuda que les tenemos como nación por haberlos relegado, el Perú no es Indio ni Asháninka.  Y yo no soy un criollo apátrida o un extranjero que puebla la margen occidental de la cordillera y que no es considerado peruano.  Hoy el Perú es, más que nunca, un país COSTERO, ya que la mayor parte de su población ahora vive en la costa y en sus ciudades, y ello va en oposición directa a la equivocada y desfasada frase de González Prada.  Puedo entender que la hayan empleado para generar un shock en la audiencia del teatro, compuesta en su mayoría por limeños criollos, pero no puedo dejar de pensar que Sin Título, en escena desde el 2009, ha sido un eje que contribuyó a generar líneas de pensamientos como las que encontré en Internet junto con esa misma frase de González Prada, y que sólo generan nostalgia, división y resentimiento.  Sí, protejamos a las minorías, pero no nos olvidemos de que el Perú es un país cambiado, con una nueva demografía, y esa demografía no es india, sino chicha.  No es serrana, sino costeña.  No es rural, sino es urbana, de conos de expansión que se expanden desde los centros de las ciudades.  Somos cada vez más una fusión propia entre lo originario y lo occidental.  Por eso, basta de frases como la de González Prada, y otras como las que encontré, desfasadas y tendenciosas, dañinas, y que copio:

Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad (…) al socialismo indo-americano -Yo he dicho ya que he llegado al entendimiento y a la valorización justa de lo indígena por la vía del socialismo José Carlos Mariátegui

La cuestión fundamental de la lucha antimperialista en Indoamérica es la cuestión del poder. Son las clases oprimidas por el imperialismo y los terratenientes las que deben apoderarse del poder: las clases medias, los campesinos y la clase obrera.  Haya de la Torre

El Perú es un pueblo de indios. El Perú es el Inkario, cuatrocientos años después de la conquista española. Dos tercios de su población pertenecen a las razas regnícolas; siguen hablando los idiomas vernaculares. Para esos cuatro millones de peruanos sigue siendo el Hombre Blanco un usurpador, un opresor, un ente extraño y extravagante.  Luis E Valcárcel

Lo andino es el cimiento y la base de la historia peruana. Eso es indiscutible. Posteriormente vienen a extenderse, a agregarse, las otras influencias que vienen con la Conquista. Pero el cimiento es andino y amazónico, no es criollo. Existe un Perú criollo, pero es uno de los elementos. No debe ser el predominante… La sociedad moderna peruana es todavía excluyente. Es criolla a expensas de los otros elementos  Eliane Karp

El antiimperialismo / El socialismo andino / El republicanismo político / El latinoamericanismo militante / y El nacionalismo civilizatorio, emancipatorio e integrador. -Critica al Estado Criollo que desde 1821 excluye a la mayoría social de predominante raigambre andina . -El Estado Pluralista y Descentralista implica también la necesidad de realizar un acto de justa reparación histórica frente a nuestros pueblos indígenas y mestizo . Ollanta Humala

Pues a todas aquellas frases yo respondo:  sí, el indio compone una parte fundamental de la nacionalidad peruana; sí, la memoria del abuso contra los oprimidos, particularmente la del blanco contra el resto, debe persistir; sí, el Perú ha sido y continúa siendo una nación excluyente.

Pero también respondo: ahí para la mano.  No me van a hacer sentir mal por ser parte del Perú criollo.  Ser consciente del pasado no implica aceptar el racismo reverso del Etnocacerismo de Adolfo Hitler Humala Papá o de Antauro Humala, asesino y terrorista.  No porque reconozca que el Perú ha sido un país dividido voy a reconocer que la torta debe voltear de dirección por un camino igual de dividido y equivocado.  El Perú hoy es más limeño que huancavelicano por la sencilla razón de que mucha más gente vive en Lima que en Huancavelica.  Y por ello es que no debemos sentirnos avergonzados de ser limeños y criollos y costeños.  Yo estoy orgulloso de ser limeño y de ser criollo y de ser costeño.  Me siento plenamente parte del Perú y quienes quieran hacerme sentir mal por ello, están muy equivocados y los voy a combatir de palabra y obra.

Y es ahí donde reclamo por la obra Sin Título, por tendenciosa, por roja, por recordar sólo ciertos episodios y evitar enfrentarse a otros debido al tinte ideológico.  Dónde están el Gobierno de Juan Velasco Alvarado y el Primer Gobierno de García en su crónica de las tragedias del Perú?  Lo que los rojizos y los confundidos ideológicos que compusieron esta obra han olvidado es una pieza importante de memoria también.  Es la hora de que los costeños y criollos de Lima rescatemos nuestra memoria también.  Es hora de que reclamemos, pues también hemos sido vulnerados y oprimidos.  La izquierda en el Perú va a tener que asumir su responsabilidad histórica por la DESTRUCCIÓN del aparato productivo peruano.  Por ahora las obras de teatro y de literatura se enfocan en las atrocidades del fujimorismo y la barbarie senderista, pero ya tocará la hora de evaluar las responsabilidades históricas del APRA y los que apoyaron a Velasco. 

Hoy seremos gobernados por la minoría andino-sureña, que votó masivamente por Humala, gracias a una mala formación de la memoria colectiva de la nación peruana, que vilifica los abusos de la derecha en el poder, pero olvida selectivamente los abusos de la izquierda velasquisto-aprista durante los setentas y ochentas.  Es nuestro deber rescatar esa memoria y equilibrarla, para evitar que los incompetentes y los resentidos vuelvan a salir elegidos, como ocurrió este 5 de junio del 2011.  Es hora de revalorizar nuestra cultura costeña y representarla junto con la del resto del Perú en todas sus manifestaciones: el arte, la comida, el deporte, etc., y de formar movimientos políticos que, además de buscar la unión entre todos los peruanos, también reconozcan que el futuro del Perú está en la costa urbana como parte integrante de la nación pluricultural, plurirracial y pluriclimática en que vivimos, porque es en la costa donde radica la mayor parte de la población, donde convergen los ejes unificadores y formadores de la nueva cultura y es donde se gesta la modernidad económica y demográfica de la gran nación que somos y seremos.

sábado, 16 de julio de 2011

Lima sin auto / La Masacre de Accomarca / La Ecuación de la Locura



Lima sin Auto

Ayer caminé desde Larco hasta La Celosa con mi amigo Ronny Kleiman.  Desde que dejé mi Honda en el taller, he aprendido a gustar de la Lima peatonal.  Me di cuenta hace dos días caminando por Lince, buscando la dirección de mi flamante psicoanalista (dejé el auto y estrené loquero, como si fuera un personaje de Woody Allen; pero no es Nueva York, sino Lima la gris y contaminada), pues fui descubriendo cómo es diferente la perspectiva del peatón, la atmósfera de Lima fuera de mis cuatro ruedas, de sus lunas tintadas anti-golpe, los asientos de cuero y la música de fondo y pestillos. Cruzar la Javier Prado a pie, por ejemplo, fue un acto de fe que conllevó riesgos bien reales.  La primera lección fue que soy frágil y que existen seres de metal mucho más veloces, irracionales y fuertes que uno, cuya voluntad debe ser acatada a riesgo de muerte. Al andar por los Pinos y doblar la Dos de Mayo noté cómo las casas en realidad se han diseñado para disfrutarse desde las veredas, y no desde el cómodo asiento de mi Honda, donde soy un extranjero de mi propio barrio.  Segunda lección: la perspectiva lo es todo. 

Qué me está pasando?  Debe ser el efecto Lady Vaga (el nuevo apelativo de Susy Villarán), la que por fin parece dejó la actitud de activista y se empiló.  Ahora hasta la empiezan a querer algunos periodistas.  Hay que dejarla obrar: van sólo siete meses.  No haberse puesto para la foto de las obras que la precedieron fue un tremendo error político, pero no cabe duda que enfrentarse, por fin, a la mafia del transporte público limeño vale todas las misas para Susana.  Con esa actitud desafiante, la primera real que veo en contra de esos abusivos trogloditas que dominan nuestras pistas (espero que luego no se diluya y deshaga tu valentía), Susy, you have me at hello.

La Masacre de Accomarca

Andar por Miraflores con mi amigo tico Ronny Kleiman, además de haber sido una oportunidad de conversar por más de veinte minutos sin interrupciones, fue una experiencia enriquecedora para un adicto a las ruedas que nunca anda por las calles salvo cuando le toca correr por el malecón.  Anduvimos por Larco.  Luego, nos metimos por algunas callecitas y llegamos a 28 de julio.  Íbamos al cumpleaños de un amigo que había cerrado el Bar La Celosa, un magnífico huarique en la calle Recavarren.  De 28 de julio llegamos al Parque Kennedy y cruzamos por la calle de las pizzas y sus restaurantes repletos de turistas confundidos, bricheros y visitantes nocturnos.  Llegamos al bar, donde servían tragos y se había agolpado una multitud de amigos del agasajado: artistas, criaturas nocturnas, parientes, etc.  Hasta ahí, la noche no había dado mayores vuelcos; lo de siempre: blah, blah, blah, la verdad es que en una hora estuvimos fuera del lugar.  No voy a decir que no hubiera gente interesante o que no la pasé bien, pero me estoy recuperando de una bronquitis y un ataque de asma y el ambiente estaba cargado de humo y repleto de respiraciones.  No era mi mejor momento ni el mejor lugar.  Cuándo prohibirán de manera más categórica fumar en lugares públicos?  Es cavernario que tengamos que aguantarle la cochinada a los demás.  Si están socialmente prohibidos los eructos, los pedos, los vómitos y los cagues al paso, por qué tenemos que aguantarle el humo al paso a las personas?  Es inaceptable.  El bar parecía un capítulo de la tercera temporada de Mad Men, con mozos de blanco y demasiada gente fumándole en la cara a los demás sin la más mínima vergüenza.

Si hubiera ido con mi auto, la noche hubiera iniciado y terminado sin esa caminata a través de la bruma limeña y sin aquel regreso, que fueron los momentos que, honestamente, más valieron la pena de toda la velada (y los más limpios para mis pulmones).

El taxista que me llevó de regreso y me cobró 15 soles fue certero y absoluto en su medición del costo, cosa rara en un taxista y más rara aún en un taxista que está recorriendo Miraflores a la media noche en busca de borrachos con la billetera más suelta. Fueron dos carreras, de La Celosa al Hotel Ibis a dejar a Ronny, y luego hasta mi casa en San Isidro.  El taxista estaba escuchando la radio, y se oía que a Telmo Hurtado lo acababan de extraditar a Lima, que había aterrizado directo desde las garras de la Interpol en Estados Unidos a las garras de la justicia peruana.  El taxista se presentó como Gamboa, y me contó que él era de Accomarca.  Até cabos: Accomarca fue el pueblo donde ocurrió la masacre de sesenta y nueve campesinos, donde Telmo Hurtado, “El Carnicero de los Andes”, comandó el asesinato de hombres, mujeres y niños el 14 de agosto de 1985.

Yo me escapé antes, unos 15 días, me fui a Lima, me cuenta Gamboa mientras conduce tranquilo su taxi negro y con asientos de cuero, de una empresa formal de taxis.  Me muestra el fotocheck de su empresa para que lea bien su nombre, como queriendo marcar en mi memoria la veracidad de las cosas que me cuenta.  Se vestían igual los cumpas (senderistas) y los sinchis (ejército), me dice.  No se sabía quién era quién.  Mataron a muchos.  A mi primo de su familia le mataron 17, se quedó el solito.  Se metió al ejército y lo hicieron comandante y se regresó y se metió al monte y uno a uno los fue matando a los cumpas.  Su relato fue corto, lo que duraron los aproximadamente siete minutos que me tocó regresar a mi casa.  Hoy en El Comercio veo una foto bastante antigua de un comandante con lentes oscuros enormes que le cubren un tercio de la cara y un bigote grueso.  “El Carnicero de los Andes”, como lo llaman, es el símbolo de esa época perdida pero bastante reciente, de ese capítulo cerrado que no quisiéramos volver a abrir.   Pero los fundamentos de esa ecuación de la locura continúan ahí, contenidos.  Y hoy se mantiene ahí enquistado en las heridas y alimentado por la incompetencia de las autoridades, la codicia de las empresas, el influjo negativo del narcotráfico y el contrabando y la persistente ignorancia y miseria.  Espero que las heridas no afloren de nuevo.  No obstante, luego de Puno y Huancavelica, me queda claro que las heridas aún no se han cerrado y que los problemas que causaron la barbarie continúan latentes.

La Ecuación de La Locura

Últimamente no leo NADA bueno del gobierno entrante.  Humala se zurró en nombrar a su gabinete.  Y ya estamos tan cansados del under-delivery, que paramos de reclamar.  Hoy se largó a Venezuela a ver al canceroso de su financista y luego va rumbo a México.  Y no pronunció palabra sobre su hermano.  Esa actitud de rehuir del diálogo y no enfrentarse a la verdad, esa falta de liderazgo que está demostrando, va  costarle caro cuando empiecen los verdaderos problemas.  Comandante Humala, presidente, qué pena con el Perú que en la ejecución de sus actos usted haya revelado tanta incompetencia.  No tengo nada claro sobre sus verdadera convicciones ideológicas.  Hasta ahora, me parece que son escuálidas, cambiantes y que se ajustan superficialmente a la audiencia.  Habrá que esperar a los hechos para entender realmente la verdadera contundencia de sus ideas.  Le confieso que prefiero que sean escuálidas sus convicciones, por que si realmente nos espera la ejecución de public policy de la mano de bárbaros como el sr. Jorge Bernedo, de su comisión de transferencia del Ministerio de Trabajo, que declara su mediocridad intelectual criticando los contratos de trabajo temporal como “prebendas empresariales”, estamos fritos.  Ojalá que lo suyo sea, al final del capítulo de los próximos 5 años que nos restan, un Toledismo más mediocre, pero igual de inofensivo.

Ahora, sobre su capacidad de liderazgo, ahí sí estoy preocupado.  No va a durarle la luna de miel un dólar más si no enfrenta los problemas.  La prensa se lo va a comer vivo.  Y ahí querrá meterse con la prensa.  Y no va a poder.  El congreso, el poder judicial y el tribunal constitucional se lo comerán vivo.  Sr. Humala, necesitamos que demuestre capacidad de liderazgo.  Tome el tema de su hermano y desbrócelo, expóngalo y explíquelo.  Tome el problema del gabinete y resuélvalo.  Usted es el presidente del Perú.  Defina a su equipo de La Haya.  Confirme quiénes se quedan y quiénes se van.  Empiece a tomar decisiones!  Es lo que esperamos de usted!

Y otra cosa más, qué es esto de invitar a Irán a la toma de mando?  Es que ha enloquecido?  Lo leí en un editorial de Jaime de Althaus en El Comercio.  No queremos a ningún representante de ningún país no democrático en su cambio de mando.  Uno solo de esos representantes invalida en nuestros ojos sus credenciales democráticas.  Ese falso multilateralismo es inaceptable.  No vamos a permitir que transforme nuestro país, que por fin parece serio a los ojos del mundo, en un fantoche más de aquel concierto de payasos híbridos.  No quiero en Lima de invitado a la toma de mando de MI PAÍS un líder que niega el holocausto y le niega a su pueblo el derecho de vivir libremente.  No! No! No!  Eso es jugar con la ecuación de la locura.  No! No! No!  No queremos a Irán en el cambio de mando!  No queremos hermanitos negociando prebendas en Rusia!  No le permitiremos cambiar la constitución!  No le permitiremos meterse con los medios de prensa!  No le permitiremos doblegar la democracia!  Repito: no queremos a Irán en el cambio de mando y hay una larga lista de cosas que NO le vamos a permitir.  Prepárese a gobernar como esperamos que nos gobierne.  A usted sólo lo eligió un 30% del país.  El resto fue suerte e incompetencia, y un Premio Nóbel y un ex Presidente con ceguera política.  Ha tenido suerte.  A partir de ahora, se le acabaron la suerte y MI paciencia.

lunes, 9 de mayo de 2011

Les Paradises Artificiels : ESSAY ON BACKPACKING MADNESS - PART 2

Boredom and Contamination – this was written @ Dreamland Beach

Bali & Suicide
Honor and pride were the pillars of ancient kingdoms throughout the world, to the point where death was preferable to subjugation. In 1906 a Balinese ritual mass suicide, known as Puputan, was committed so that its practitioners would avoid being captured and enslaved by the Dutch invaders. The Raja commanded that all valuables be burnt and that everyone from the youngest child to the wives and priests be marched ceremoniously towards the aggressors. When face to face with the Dutch regiment, the head priest thrust a dagger deep into the Raja’s heart signaling the commencement of Puputan. From here the entire group simultaneously began to kill one another while the women mockingly flung money and jewelry onto the stupefied troops. Over 1000 Balinese people committed suicide on that warm September afternoon, leaving little for the Dutch to do. Today children are taught about Puputan and the day is commemorated with make believe street reenactments

Kuta & Bombs
The 2002 Bali bombings occurred on 12 October 2002 in the tourist district of Kuta on the Indonesian island of Bali. The attack was the deadliest act of terrorism in the history of Indonesia, killing 202 people, (including 88 Australians, and 38 Indonesian citizens).  A further 240 people were injured.  The attack involved the detonation of three bombs: a backpack-mounted device carried by a suicide bomber; a large car bomb, both of which were detonated in or near popular nightclubs in Kuta; and a third much smaller device detonated outside the United States consulate in Denpasar, causing only minor damage.

Modern Tourism in Bali – Suicide & Bombs
I think I can spot in my head an image of 19th century Balinese nobility fully clad in its sacred weaponry and carrying all its most precious treasures, talismans and jewels, marching to the certain death of Dutch gunfire.  The Puputan the March to the Death.  Standing in the middle of tiny Dreamland, I wonder if that historical horror was but a prelude of a larger march to the death on a planetary scale.  Or maybe, as that Belgian girl who lived in Chiang Mai stated, there’s nothing new in what I saw.  Simply put, a scar looks much worse on the face of a cute girl.  A naturally cute girl scarred by abuse is the image I have of this island.  Beautiful Bali is scarred by the specter of corrupt & thirsty third world development mixed with ever-growing floods of mindless western visitors drunken and resolute polluters of its clear sands and complex spirit.

And we are part of the problem, acting as journalists loaded with rifles carrying across the savannah witnessing the carnage of elephants, antilopes & tigers, yet firing as well, joining in the club of victimizers, inadvertently becoming brothers in pollution, feeding in the frenzy of western tourism.  Pompeyo and me are travelling in what I would describe as the extension of the air conditioned life that pervades on the touristic side of Bali & South East Asia as a whole and has been a constant during most of our trip, with the exception of Beijing, where at least the room was heated in a traditional fashion, by warming the floor.  We’re circulating Bali in this air-conditioned really comfortable blue cab.  A bubble of cold as dirty as all the other forces described, a knot of blood double-crossing the scar and laying it open.

At some point I get the distinct impression that I’m in Mexico’s peyote solidities of dreams, as Ginsberg described it, palm trees open perfectly in line over an inaugural vast double lane highway that collides against the landscape and reminds me of Cancun.  In the future of mass tourism, everything will look exactly the same, from Mercury to Pluto.  Cold taxis will circulate through comfortable terra-formed golf fields dotted with well kept palm trees that open into artificially colored white sand oceanfront blasted by perfectly constructed waves that break against fake-transparent pools that imitate an ocean.

And this beach is an evolving identical copy of some mass tourist transport system: its life pulsating across asphalt lizards, the restaurants, the pervading noise.  We approached the contradiction of Dreamland Beach.  -Earthen wasteland of canned plastic and consumerist madness.  -Temple of pleasure for western middle class low-budget aspirationalists.  -Blocks of Mc-Condominiums sprawling across the forest.  -Infectious electrical wires catatonically biting the ferns & leaves. 

Shiwa awake, manic and ferociously eating away the green flesh of the island with her gaze strong as the light of 10,000 burning plastic bags.  Mc-Temples.  KFC-Temples.  Circle-K Temples across the myriad of bulkily cemented edifications that spread through the sides of Sunset Road all the way to Uluwatu.

These are the algorithms, the very structure of the New March to the Death, Plutonic & Puputan Hotels encroached with radioactive mice and men and the sewage floating under the ratholes of Kuta, the human vomit, the vortex of hundreds of millions of souls that shout in unison wanita chantik in the prostituted streets or nasi goreng in dirty restaurants that throw away their uneaten food along with their offerings, all clad in plastic towels ready to be washed by the sea into the Lagoons of Dreamland, oh my poor child, oh my dirty son of a beach, o damn you couch-potato tourists lying around in your bikinis sucking your young coconuts, stepping over your own poop and the remnants of last night’s bizarre mix of jazz or sex or soup.  Be damned foul monsters of Europe, feral women carried to this island by massive air bridges to the final catharsis of colonial hatred.

Solitude is in frank retreat from the noise of machines paid to torn down the forests.  I fly in my mind dazed by the rotten gutters of cans and cigarretes and float from the organized magistrality of Beijing’s opera-airport where gentle voices of chinese mandarin women emerge from cleverly hidden loudspeakers to the hideous flabbergasting liquid bloody sexual intercourse of western tourists in their late fifties and their leidiboys making out in the rotten gutters of decadent Bangkok.  It all comes to me like a huge flash back, like an organic message that tears away the foundations of the world’s equilibrium: The final catharsis of colonial madness vanishing the last glimpses of the gentle East.

This New World order that gyrates around destructive air travel, wasteful vacation spots who eat their own tails -autophagy-addicted lizards-, restaurants, cafes & irish pubs.  The vast majority that remains populating the lobbies and pools of hotels will witness exactly the same architecture of pleasure, from London to Sidney to Calcutta to Beirut.  From Bangkok to Shanghai to Hong Kong to Bali to Kuta to Seminyak to the bottom of the oceans, the far reaches of hell, the divine muslim paradise overtaken by binary pulsations @ Twitter, the all encompassing circle of budhas and returning bodhisatvas dragging their hands stuck to smartphones, the Christian magical mistery kingdom acquired by Walt Disney World in Paris, LA, Miami or Hong Kong.  How to break away from this tormenting framework?  How to achieve freedom from the modern slavery of this world?  How should we disperse the brown clouds of reason?  I reject the W Hotel, the five-star boutique hotels were I have laid like a sinning participant drowning in feast and champagne, air conditioning, plastic bottled water, the imperial domination of the fragmented and unpoetic Asian English dialect. 

Bali I reject your kisses and your courteous invitations, your dreams and extremes.  I reject Bali and I reject me.  On a shortboard falling along apocalyptic waves I envision the Sprawl advancing from Kuta and Denpassar on into Seminyak and then to the southern tip until the sewage of modernity engulfs all in a dream of community, identity, stability, the eternal intercourse of air conditioning and heat, the guarantee of happiness for those who seamlessly traverse the seats of planes on into gates, through carbon copied airports to taxis and hotel rooms that are indistinguishable from one another and finally into immense pools that wear the color of it all, the permanent transparent gaze of the Reptile West.

Ubud – Written in a bed at the Heart of Lighting

Desde Ubud en el corazón de Bali, sentado sobre una cama con red de mosquitos a través de la cual se transluce un paisaje de palmeras, colinas verdes, arrozales, helechos, me encuentro finalmente en paz.  Me rasco una hormiga de la rodilla, escucho el sonido del agua golpear los muros de piedra y rebotar entre las hojas…lluvia que cae y el cielo ahora luce gris, pero desde lejos por la claridad que define los contornos de las palmeras se puede adivinar al sol aproximándose.  La luz se intensifica y el gris se torna blanco y permite emerger bolsones celestes que precipitan el retorno del sol.   No se escucha nada.  Tal vez lejanas canciones que combinan con el ritmo de gongs y cuerdas que provienen de rituales que, por lo menos nosotros, desconocemos.

Me encuentro en Kamandali, un hotel boutique en las afueras de Ubud que ha logrado reproducir el espíritu de soledad pacífica que siempre he soñado existe en monasterios y paisajes alejados.  No sé si esta sensación que tengo sea la correcta, la que siempre he buscado, la que un monje o un escritor verdaderos en su soledad honesta captarían como parte de sí, de su entorno, de su propósito. 

No creo que en las habitaciones de este cómodo y hermoso hotel de Ubud haya encontrado aquella iluminación que quema silenciosa como una velita.  Este paraíso tropical observado desde una cama Queen que da a una piscina transparente que se pierde en un borde de palmeras y arrozales contiene todo lo necesario para que uno ignore lo difícil y poco placentero  que sería la verdadera soledad salvaje, esa que sueño: la del asceta, la del visionario.  En este mundo tugurizado de información, de comida y de personas, dónde podrá encontrarse nuevamente aquella auténtica soledad? 

Sólo en el sueño o la muerte.  Pero aquí, en el Hotel Kamandali, rodeado de barro, cocos y arroz, de templos que los balineses parecen haber querido construir en cada esquina, bendito entre ofrendas y agua, invadido de japoneses cargados de cámaras, entre mesas de desayuno buffett y cafés espressos y libros en indonesio y alemán, entre puentes y escalones de roca y puertas de madera decoradas con elegantes y coloridos arabescos, he hallado algo que se le parece: un portón que se abre.  Tal vez sea sólo el cartel plano contra la pared que anuncia vacaciones perfectas.  Aquí estoy, en paz con mi propio paraíso artificial calculado por arquitectos e ingenieros civiles en oficinas centrales de alguna capital europea para satisfacer a un público francés, norteamericano, ruso, japonés de clase media-alta y gustos exigentes, buscador de aquel sueño inalcanzable, de la vela de incienso que quema silenciosa en la noche y es feliz en su fuego constante, en su aroma permanente. 

Aquí en Bali toda construcción tradicional debe realizarse tomando como medida el tamaño y peso del dueño de casa.  Me pregunto cómo funcionaría aquello en el caso de un hotel donde soy otro nómada.  Con qué medida han forjado este, mi paraíso artificial, mi Ubud fresca de noche, repleta de templos y ceremonias, bordeada de bosques, monos y arrozales, repleta de soluciones fáciles al inmenso vacío que cargo, al vacío que carga occidente.  Porque puedo verlos a todo mi alrededor desde aquí proyectándome hacia las calles de Ubud y penetrando por las veredas de Monkey Kingdom y observo a las parejas cruzar por las calles vestidas de pantalones largos de lino y sarongs, vistiendo camisas blancas, otras coloridas y marcadas de flores, llevando pelos largos y despeinados, mochilas de explorador y barbas de tres días, excelentes disfraces para las billeteras Tumi con tres tarjetas de crédito o las cámaras Canon profesionales ocultas en carteras batik descoloridas.  Por allí marchan un grupo de franceses que quieren danzar con monos, o por allá regresan aquellas norteamericanas que treparon hasta los bordes del volcán y traspasan la calle y son admiradoras de una Ganesh tallada en piedra y rejuvenecida por la hiedra, o de Hanuman el mono blanco.  Y cruzan muros ornamentados con figuras, diseños geométricos y estatuas y paran a observar a los locales cruzar la calle cargando banderas de blanco intenso y pedestales dorados adornados con espejos y vidrios de colores y ven a los niños pasar sonriendo, vestidos para la ocasión y saludando y soltando frases en inglés esperando pescar la simpatía de algún turista testigo como ellas de aquella interminable procesión.  Y de pronto las jovencitas ingresan a un recinto que anuncia otro tipo de meditación, una solución temporal que toma unas horas, el substituto de religiones eternas y dioses con  tablas de leyes inmutables que sus padres aprendieron. 

Es eso esta ciudad,  un villorrio a su entera disposición para salvarse en cada esquina, un Las Vegas espiritual, donde en vez de casinos afloran los templos; en vez de prostitutas y ladrones, hay monos y motocicletas; donde, en vez de perderse el alma y los dólares en hoteles de lujo, se medita de forma transitoria e intermitente.  Y uno podría salvar su alma alimentando a los monos, o llegar a la verdad besando y haciendo el amor con quienes conociera en los embanderados bares nocturnos, comiendo alimentos sagrados o recibiendo consejos de las manos entrenadas de masajistas que despliegan aceites por el cuerpo y retuercen los músculos con vigor.

Soy un mochilero más, con mochila y billetera, el turista de la salvación alimentándole plátanos a los monos, tomando sesiones de masaje de una o dos horas con baños de yogurt y agua hirviente, observador distante de ceremonias que no comprendo, lector de anuncios en las puertas de improvisados o milenarios institutos que prometen el bienestar espiritual, la llegada al Tao, la restauración del Chi, la meditación trascendental Vipashana que nos llevará a la siguiente etapa, el café cagado por criaturas selváticas que nos hará felices, la camiseta con el logo de Bintang, la cerveza con  nombre de estrella, -la lista es muy larga para el viajero con un pesado equipaje de vacío que sabe no podrá llenar de sentido, y menos con los sinsentidos que le ofrecen los mercachifles en la calle central de Ubud-.  Pero, nuevamente, algo de verdad encuentro en este Paraíso Artificial.  Quizás sea como una maqueta a la entrada del paraíso, donde uno puede apretar botoncitos y ver prenderse las luces y entender las dimensiones y las direcciones.  En este foquito está la paciencia.  En este otro, la libertad.  Acá están los baños para que cagues toda la mugre espiritual que cargas.  Estos son los recintos privados de dios, members only.  Al menos, es hora de comenzar por la maqueta y no necesariamente la hora de llenar todas las maletas.

La belleza artificial del hotel y de Ubud me maravillan.  Perfección tropical, depósito estético del mundo, canal de flujo de turistas de lujo en busca de un nirvana con casas de cambio, de templos que acepten visa-mastercard-amex.  La verdad está lejos de aquí, pero se le parece tanto que creo que sentado en medio de este silencio observando los arrozales tal vez sí podría encontrarla.  Y todo lo contrario, otra parte de mí está en desacuerdo.  Con camas blancas y perfumadas y desayunos buffett no se construye la soledad, no se construye un asceta, no se llega a ningún lado.  Sólo a otro hotel, a más paraísos artificiales superpoblados de los errantes peregrinos en busca de la vela pura que apague el hedor de sus vidas en el desagüe capitalista occidental.

Salí a correr y abandoné el hotel por la mañana, mientras los demás dormían.  Ya no llovía, pero era muy temprano y nadie caminaba por los empinados pasillos de piedra.  Solo la emprendí corriendo fuera del hotel con ropa de deporte y ganas de algo distinto.  Me perdí en los solitarios campos de cultivo y recorrí el camino encharcado admirando los tallos verdes y homogéneos de los arrozales y me crucé con campesinos y niños y mujeres locales que se bañaban en los canales y pasé por casas y pequeños templos cotidianos y vi a perros peleándose los residuos más comestibles de las ofrendas de paja, fruta y pescado que dejan los balineses a sus dioses todas las mañanas.  Anduve por pastizales y me acerqué a matorrales de palmeras.   No se me cruzó ningún turista, pero sabía bien que en la periferia del hotel por donde andaba también podría cruzarme con otros paraísos, con los portones del Four Seasons o del Mandarin Oriental, pues lo que todos ellos buscaban y lo que yo buscaba era lo mismo: acampar al lado de lo auténtico, simular el paraíso que está en las casas miserables, en las bodegas, en los pequeños arrozales, en los niños semidesnudos que se sumergen en el agua enlodada de los canales.  No, el hotel donde estoy no es una maqueta del paraíso.  Es un mirador, una ventana, un escalón, una escafandra.

Habría más bien que perderse en las corrientes del tsunami humano y regresar a Kuta, esa Sodoma y Gomorra de Indonesia, aquella guarida de alcohol adulterado y drogas traicioneras, de ladrones veloces y mochileros arruinados, de surfistas cutreros que bailan estupidizados con quinceañeras locales, de hoteles tugurizados, de putas baratas menores de edad y motos, de océanos tropicales arruinados de bolsas plásticas y latas de cerveza?  O correr a los verdaderos marasmos originales de Bali, a aquellos espacios amplios y salvajes turbados de hormigas y mosquitos que adivino tras las selvas que rodean mi habitación?  O habría que abandonar la isla, huir de estas  vacaciones y volar de regreso al continente asiático?  Estaría allí la respuesta, en Shanghai o Hongkong, en Bangkok o Saigón? 

Lo más cercano a un asceta que vimos hasta ahora fue un loco con pinta de hindú que se bajaba los pantalones a enseñar sus partes y gritaba incoherencias.  Todo esto en el barrio chino de Kuala Lumpur durante un recorrido turístico de mediodía.  Tal vez aquel sea el camino de lo puro: el loco atravesando la calle desesperado por las masas de chinos enloquecidos en la mugre de sus mercados, de los malasios que atraviesan calles de la mano de sus mujeres cubiertas de velos o jihabs o burkhas o todos los anteriores, de hindúes semidesnudos orlados de tatuajes que se pierden en su templo que hierve de incienso, sopa de arroz y dioses multicolores.

En esos solares tugurizados de Asia que apestan a tofu, soja y grasa, donde la norma es el desorden, el olor a chancho frito, pimientos y pollo hervido, vaga la verdad hechizada por las garras amarradas de los cangrejos que descansan en cajas esperando la hora de su fritura y de los pescados que agonizan en bolsas temiendo la sartén hirviendo con grasa de coco.

Pero que la verdad del mundo vague llorando por los metros de Kuala Lumpur y en la miseria contaminada de Kuta o en los barrios rojos y discotecas de Bangkok no quiere decir que uno vaya a encontrar su propia verdad allí, en aquel ruido infernal de leidiboys endiosados con maquillaje y tetas falsas, en las calles polvorientas de anuncios con masajes tailandeses, reflexología o tai chi, en los confusos restoranes  malayos, cantoneses, camboyanos.  No.  En ese inmenso mercado humano podrá vagar la verdad, pero aquella verdad desesperada es un loco despeinado con el pantalón debajo de quien todos se ríen.  No la quiero a esa verdad, a esa constatación de que la mayoría del mundo es en realidad un infierno, de que impera la injusticia y el dolor, de que con mi cuarto de hotel podrían fabricarse países, que con la mesa del desayuno podrían alimentarse naciones.

Prefiero este retiro, este paraíso artificial.  La dirección humana está maldita en el tugurio de las ciudades asiáticas, de las ciudades universales, en la superficialidad de las creencias que no entiendo y que, cuando entiendo, no comprendo.  Aquí en la paz de Ubud soy un nómada espiritual más nutriéndome sólo de mí.  No he encontrado la verdad, pero sí un peldaño hacia ella.  Ningún ángel o visionario apareció para decirme: es por aquí.  Pero algo en el ambiente se me impregnó y ahora lo sé.  En mi pecho estoy salvado y rehecho, y toda esa reencarnación de lo feliz en mi mente ha ocurrido con intensidad inmensa y a toda velocidad.

viernes, 6 de mayo de 2011

Les Paradises Artificiels:
Bali – Semiyak – Kuta – Uluwatu – Ubud – Karma 
Kundara  
- Part I Open Essay on Backpacking Madness
 
"And this is how I see the East. I have seen its secret places and have looked into its very soul; but now I see it always from a small boat, a high outline of mountains, blue and afar in the morning; like faint mist at noon; a jagged wall of purple at sunset. I have the feel of the oar in my hand, the vision of a scorching blue sea in my eyes. And I see a bay, a wide bay, smooth as glass and polished like ice, shimmering in the dark. 
 
A red light burns far off upon the gloom of the land, and the night is soft and warm. We drag at the oars with aching arms, and suddenly a puff of wind, a puff faint and tepid and laden with strange odors of blossoms, of aromatic wood, comes out of the still night--the first sigh of the East on my face. That I can never forget. It was impalpable and enslaving, like a charm, like a whispered promise of mysterious delight.”
JOSEPH CONRAD – YOUTH: A NARRATIVE

A Lament for Bali
Volando en Air Asia desde Denpassar hacia Bangkok

Este lamento vino a mí mientras cruzaba los bordes del precipicio del templo de Uluwatu artificialmente adornado por un sarong y autorizado a irrumpir por una tasa de 3,000 rupias que pagué en la entrada del recinto.  En teoría, esto nos igualaba a Pompeyo y a mí con las decenas de balineses que iban llegando en moto, ataviados de trajes sedosos y sombreritos blancos, prontos para celebrar el Saraswati, la fiesta de su dios del corazón.  No seríamos ciudadanos de su religión, pero sí nos daban el derecho de paso a sus ceremonias a cambio de un pago. 

El apego al ritual de los balineses me ha sorprendido.  Pensaba que el hinduismo era una religión desprendida y poco observante del día a día.  Y aquí lo que impera son los templos y las ceremonias y, por lo que entendimos de una belga con la cual abordamos con destino a Bangkok, aquí la superstición y el trabajo diario a favor y en contra de los espíritus es la norma.  Cada casa tiene un altar o, al menos, un pequeño adoratorio al cual se le presentan ofrendas contenidas en recipientes de hoja de maíz.  Se presentan las ofrendas y se enciende incienso y creería que todas estas obligaciones derivadas de la necesidad de complacer a los dioses eran descuidadas pero, no, hoy por la mañana en nuestra villa se presentó alguien, quizás uno de los guardias de seguridad o el muchacho de la limpieza –tal vez incluso un sacerdote de paisano-, trayendo consigo una ofrenda.  No reparó en nosotros, sino que silencioso se acercó a un modesto adoratorio de madera pintado de color dorado que colgaba de uno de los muros de la entrada y depositó allí una ofrenda que complementó con una rama de incienso encendida.  Cuando yo me acerqué a filmar la escena, él ya había desaparecido por la puerta.  De qué posible mal nos libraba?  Qué intangible bien traía a la casa con sus murmuraciones y manotazos?  No podré saberlo.  Nos toca correr lo más rápido posible hacia el aeropuerto.

Regresemos al templo de Uluwatu.  Mientras cruzaba por los muros y los árboles del jardín interior del templo atontado de calor crucé entre monos que robaban bananos de los turistas (uno quiso robarse mi botella de agua y lo entretuve unos segundos observando cómo con sus manecillas intentaba arranchármela) y llegué a la vereda que bordea el muro precario que da a los enormes precipicios de roca.

Y allí sentí pavor ante la belleza del lugar.  Una belleza con la cual no puedo comulgar como esos balineses que se arrodillan naturales en los recintos que me son prohibidos (salvo que casualmente uno ingrese por uno de los portones prohibidos y le ofrezca a un local 10,000 rupias por unos bananos).  Para ellos la enorme caída natural de roca y los océanos azules, la propia ola gigantesca que se forma y rompe algunos kilómetros más tarde en el point de tablistas, toda la escena, es una extensión de su religión, una porción orgánica de su vida.

Yo soy un factor externo.  Tal vez afecte la economía de la isla y sea parte de un enorme proceso occidentalizador y contaminante.  Pero sigo siendo un factor externo cuando se trata de sus rituales, de su vida íntima.  Me doy cuenta de que soy el mismo que buceaba en Cairns.  Puedo observar los arrecifes sumergidos y la vida que lo rodea.  Puedo, inclusive, tomar un pez globo con mis manos o acariciar los tentáculos de un animal marino, pero nunca seré parte del arrecife.  Encima, mi presencia sirve para desvirtuarlo con el tiempo.  El peso de millones de turistas acabará quizás por desbarrancar el templo y arrojarlo al precipicio.

Ayer, por ejemplo, al lado de Potato Head, un lounge, pudimos ver a cientos de balineses ingresando al mar y observando algún ritual de tarde, transitando sobre la arena infestada de ofertorios rellenos de comida descompuesta, frutas y demás regalos a sus dioses.  Pude ver a una vieja con las tetas al aire feliz en su desnudez, como lo fuera antes del dominio holandés y la imposición de las medidas de higiene estética de los colonizadores que ahora la madre patria indonesia musulmana ha reconfirmado con su “Ley de la Decencia”de 2008 que, entre otras cosas, prohíbe el topless.  Al lado de la vieja, niños eran bañados por sus padres, grupos de jovencitas incursionaban juntas por el mar y jovencitos la emprendían contra las olas.  Esta masa medio hindú y medio polinesia era un bello espectáculo que contrastaba con el domingo de ramos pseudo-europeo chic que se celebraba a pocos metros en Potatohead y que incluía búsquedas de huevos de chocolate para los niñitos rubios y mucho vino blanco francés al lado de la piscina para sus padres despreocupados.   Por un lado, una fuerza que no comprendo y alrededor de la cual camino con mi cámara en mano sintiéndome un extranjero alienígena, una fuerza exógena a los ritmos originales de esta isla.  Las niñitas sonríen, pero la vieja con las tetas al aire se revuelca en la arena y su mirada en mi cámara parece decir no has entendido nada, laki laki gantil. 

Por ello, regreso como vencido trayendo sólo imágenes de personas cuyo interior desconozco, tan ignorante como cuando ponía un pie fuera del lounge para andar por la playa.  Estoy de regreso en Potato Head, cómodo observatorio al lado del mar dirigido a australianos cosmopolitas que creen que porque se visten como italianos y beben vino sentados sobre camas que dan a piscinas artificiales son cool.  Camino y observo a europeos y norteamericanos de edad avanzada y cráneos calvos enrojecidos por el sol con ganas de recuperar la juventud persiguiendo sueños imposibles.  Estos aristócratas de una civilización que se desintegra y muere delante de mis ojos toman notas vacías en sus ipads al lado de mesas de mujeres que con su juventud y arrogancia los ignoran.   

Rafo pide una botella de vino más.  Estamos sentados en una de esas camas aspirando a ser un modelo de turista occidental más.  No somos diferentes de los australianos vestidos con politos rosados y azules con rayas y coquetos shorts color crema que sueñan con ser de esos italianos que hoy en día sólo existen en películas de los años cincuenta a bordo de yatecitos de madera recorriendo pueblitos bordeados de desfiladeros mediterráneos.  Los desprecio y al mismo tiempo los veo y me reflejo de alguna forma en su arrogancia ciega, destemplada.  No somos distintos del señor de pelo blanco con su calva blanca enrojecida, arruinada por el sol, ni de las indonesias y norteamericanas pitucas que nadan en una piscina idéntica a todas las piscinas del mundo, sólo que esta se encuentra milagrosamente frente al océano de Bali.

Desde Uluwatu y luego en varios lugares de la isla brota este lamento por Bali, por no haber conseguido conectarme con la pulsación que esperaba encontrar, por haberme descubierto contribuyente de la destrucción de esta isla, lejos de los sueños leídos en libros de Joseph Conrad o Emilio Salgari, de las leyendas de Lonely Planet, Trip Advisor, Wikipedia, por ser un turista más que es testigo de la descuartización de la naturaleza, del predominio del mal gusto, de la tugurización del ruido, del tendido indiscriminado de la misma red de trampas que constituye el turismo moderno.  En veinte años, regresaré a Bali a lamentarme y me sentaré en los lobbies de hoteles idénticos al resto del mundo a atravesar un paisaje indistinguible.  Será una nueva capital de las clases viajeras aspiracionales, deseosas de comodidad y homogeneidad.  Y alrededor de estos oasis de consistencia, se abrirán como círculos cloacales las carreteras, las filas repetitivas de palmerales, las torres cuadriculadas de hoteles, los malls siderales, los campos de golf, los beachfront lounges y demás subproductos de la fauna turística occidental mundial.  Y tendremos un nuevo campo cercado para que paste el mismo ganado.


Karma Kundara, un caro paraíso.  Kuta o el Corazón de las Tinieblas

“I saw him extend his short flipper of an arm for a gesture that took in the forest... to the lurking death, to the hidden evil, to the profound darkness of its heart.”
Joseph Conrad – Heart of Darkness

Disfrutamos del paraíso diurno de Karma Kundara, donde el mar rompe en una hermosa laguna de arrecifes que da a una playa de arena sobre la cual se posan altas quebradas rebosantes de vegetación, encima de las cuales se ve un hotel que debe ser el destino exclusivo de la realeza y las celebridades.  Y lo es.  Nos lo sugiere la presencia de la súper modelo blanca como cal y pelirroja encendida que nos toca en el elevador.  Pagada la carísima tasa de ingreso y habiendo descendido a la playa, podemos confirmar que teníamos razón.  Tipos con pinta de actores, supermodelos o billonarios, estiran las piernas desde sus poltronas y consumen tragos mientras ven a sus hermosísimos niñitos y futuros herederos jugar en paz en este paraíso privado.  Ojalá y todo Bali fuera así de hermoso y despoblado.  Pero no, es sólo un paraíso artificial, algo bello y eterno tomado por el hombre y suavizado para el disfrute de los que tienen el dinero, el tiempo y las ganas.  Hacia el oeste se perdían las verdes montañas y la arena, lejos del hotel y de los camastros y la cabaña.  Aquel lado de la playa prometía la soledad verdadera, pero aquella ilusión me abandona rápidamente cuando descubro que hacia el este ya se construye otro enorme bar y que, con el tiempo, más cabañas motearán las quebradas.  Poco a poco, llegarán más masas.  Y luego, quién sabe lo que pasará.

De la paz desolada de Padang Beach y sus cabañas de bajo costo para surfistas enfocados pasamos al infierno ruidoso de Kuta en menos de dos días.  Dios qué concierto del descuido, qué infierno oriental tan decadente como las peores esquinas de Shanghai durante la guerra del opio.  De esta cloaca emergen apestando todos los vicios del colonialismo aeroportuario, de la furia que desatan los millones de turistas que colonizan la isla por unos días buscando el paraíso sin la más absoluta conciencia del cáncer que dejan atrás.  Como en la fábula, el deseo de la felicidad crea las semillas de la destrucción.  Tal vez el infierno sea el resultado de un paraíso mal planificado y peor construido.  Demasiados inquilinos y ningún código de construcción han transformado a Kuta en un laberinto esculpido a punta de necesidad, egoísmo y una ignorancia de la estética colectiva combinada con la observancia de un individualismo constructivo que sólo puede generar favelas turísticas de la peor calaña.

No quisiera hablar de los turistas borrachos con cara de perdidos que le toman la mano a indonesias menores de edad de Jakarta vendidas a poquísimas monedas.  No quisiera hablar de los taxistas que cuadriplican o decuplican los precios agüeitando por turistas desprevenidos o de los maleantes que ofrecen drogas en la calle como mercachifles en un bazar.  Tampoco, mencionar a cloacas como el Bounty y demás bares del averno o criticar las calles rebasadas por el tráfico vehicular y las playas arrasadas por las noches de juerga donde flotan y conviven las bolsas y botellas con condones y las ofrendas putrefactas que el mar relava de los templos.

En este solar del absurdo, supuesto paraíso tropical convertido en infierno por masas de turistas ignorantes y de bajo presupuesto, desembarcamos una noche a darnos de encuentro con la mugre y la barbarie.  En la vorágine de tragos y música perdí el sentido, quien sabe si impulsado por el vodka que había consumido creyendo a mi hígado mayor de lo que realmente era, o si lesionado por el alcohol adulterado o, por último,  adormecido por tranquilizantes inadvertidamente introducidos en mi vaso por pandillas de raptores.  Amanecí en un taxi sin billetera, sin celular, sólo con mi reloj y la pita amarilla que me había amarrado una mujer santa (o su conveniente imitación) en Angkor Wat.  Qué fuerte, pensé.  Estuve en el infierno y regresé.  Nunca más volvimos a Kuta y, la verdad, no creo que nunca más vuelva a ese corazón de las tinieblas, al punto fecal del turismo moderno, al ejemplo de cómo los paraísos tropicales contienen la receta para construir dentro de ellos su propio infierno de cemento, putas, drogas y crimen.  Sólo queda aguardar que, en el futuro, dicho cáncer no se propague (tanto).

Quise recordar una descripción de Joseph Conrad sobre su llegada a la costa de las Indias Orientales.  Qué diametral diferencia.  Un continente vasto y verde encendido por el sol, limpio y promisorio.  A ello contrapongo los callejones de Semiyak, las tiendas donde se venden en serie polos de la cerveza Bintang, los árboles y postes plantados en plenas pistas doble sentido por las que sólo puede pasar con las justas un auto.  El enorme desarrollo que veo no ha conseguido más que arruinar el sur de la isla.  Y este cáncer se va proyectando a través de la carretera y aumenta con cada temporada turística, con cada nuevo proyecto.

En Rwanda han prohibido el uso de bolsas plásticas.  En Uluwatu, dentro del templo, puedo ver un enorme basural de ofrendas.  Algunas de ellas, han venido en bolsas plásticas.  Todo ese residuo orgánico salpicado de plástico será arrojado por una de las aperturas del muro a través del abismo y hacia el mar.  Será la mezcla de lo sagrado y lo eterno.  A sus dioses inmortales les ofrecerán no sólo su fugaz comida, sino que también el inmortal plástico que quedará como garantía de sus intenciones hacia los dioses flotando en los mares de Uluwatu y alrededor de todas las playas por los siglos de los siglos…

martes, 3 de mayo de 2011

03 de mayo de 2011 From Jordan to Israel. From Israel to Jordan. Jerusalem past Palestine, swinging low through the Allenby-Hussein Bridge and carried by angels into Amman.


03 de mayo de 2011
From Jordan to Israel.  From Israel to Jordan.
Jerusalem past Palestine, swinging low through the Allenby-Hussein Bridge and carried by angels into Amman.

عزيزي ميغيل انخيل أخ أنجل، عبقرية
(Dear Mikhail Malak, Malak & Aj & Jinn)

Swing low, sweet chariot
Coming for to carry me home,
Swing low, sweet chariot,
Coming for to carry me home.
I looked over Jordan, and what did I see
Coming for to carry me home?
A band of angels coming after me,
Coming for to carry me home.

Estoy descarrilado en el lobby del hotel Golden Tulip, en el último día de mi viaje alrededor del mundo, un vagabundo esperando a que la carroza de la canción y su bandada de ángeles descienda y me lleve cargado hacia América Latina.  Hoy debía salir desde Amman a Madrid y, de ahí, conectar a Lima, pero cuando abrieron el paso hoy, a las 8 de la mañana, en el cruce de Allenby / King Hussein, en la frontera entre Israel y Jordania, no imaginé que me pasaría las siguientes cuatro horas luchando contra el destino predeterminado: parece que alguien allá arriba había llenado los formularios divinos con fecha postergada y apostaba contra la bandada de ángeles a que llegaría al Queen Alia airport veinte minutos antes de la salida del avión y el counter ya cerrado.  Obviamente, pasaría esta noche en Amman.

De alguna forma, siento que estaba todo encuadrado previamente.  Por más que no crea en el destino, a veces me dejo llevar por la superstición, como con el curioso caso de Vanessa Castelli.  En mi sueño de la noche anterior, en el Dan Hotel en Jerusalén, llegaba a un puesto fronterizo jordano sin pantalones puestos, y la mujer guardia de seguridad que me atendía mandaba traer una toga para cubrir mi inmodesta desnudez.  Seguro era mi subconsciente anticipándose a lo que vendría, que no era difícil de predecir, así que no pretendo dar a entender que mi sueño era algo místico o no.  Simple y llanamente, mi subconsciente a veces es mejor componiendo el rompecabezas que mi YO despierto.  Después de todo, la frontera entre Israel y Jordania se parece mucho a la versión en una película holywoodense de la frontera entre Israel y Jordania, a lo que en mi imaginación debe ser la frontera entre Corea del Norte y Corea del Sur.  Puestos de control, tranqueras, tierras baldías y metralletas. Atravesarla tiene que ser difícil, no creen?  Por qué tendría que haber sido optimista a las 8am, cuando abrían el puente?  Había que ser pesimista!  No había circulación vehicular y las cosas podían tomar mucho más tiempo que el esperado, a veces muchísimo más de lo nunca imaginado!

En vez de la hora que me dijeron que iba a durar el cruce, me tomó cuatro horas.  Y, claro, mi subconsciente debe haber predicho que al cruzar me faltarían los pantalones, la metáfora de todos los cuellos de botella que enfrenté.  Empecemos con el enorme potencial para el error que flota contenido en aquella frontera.  Primero, el taxi atraviesa una garita de control israelí que abre a las ocho y ya está llena de camiones desde la noche anterior.  Luego, se debe cruzar el puesto de migraciones Israelí.  Después, se debe esperar a que llegue el bus especial para turistas (porque hay otro para palestinos y uno más para nacionales) desde Jordania y emprenderla a través de un puesto de control jordano y, luego, finalmente, traspasar migraciones jordanas.  De ahí, a tomar un taxi al aeropuerto.  Como aprendí en mi clase de Technology Operations Management, mientras más pasos intermedios entre el inicio y el final de un proceso, mayor el potencial de, como dicen en Brasil, dar merda, cara. Y en la frontera sí que me enlodaron con mierda.  Primero, fueron los israelíes, que no me explicaron que había una forma más corta de llegar, obviamente pagando más (y me hicieron perder una hora).  Luego, estuvieron los jordanos, que primero me dijeron que no podía pasar porque me faltaba una visa que tendría que haber pedido en Tel-Aviv o en Ramallah, y luego me dejaron pasar después de preguntarme si vería el clásico llegando a Madrid, pero finalmente me volvieron a parar otros oficiales en migraciones y me hicieron perder otra hora mientras mi pasaporte circulaba por las manos de cuanto uniformado de bigotito y cigarro en mano pude ver alrededor.

Mi sueño de anoche continuaba con una serie de incidentes confusos, pero había algo familiar en el edificio donde me encontraba, como si fuera mi casa, y recuerdo que pasé mucho tiempo con un niñito rubio.  Sería el hijo del dueño de casa, mi propio hijo imaginario, o una versión en criatura de alguien a quien ya conociera y quien ya es adulto?  Pues hoy en Facebook he visto que mi hermana me pedía que en el trayecto desde Jordania a Madrid hiciera una parada para ver a María Luisa, madrileña y amiga de mi hermano.  Si no hubiera perdido mi vuelo hoy, creo que jamás me habría metido a Facebook y no me habría enterado de que María Luisa ha pasado a DVD un video que mi hermano le enviara hace 17 años desde Lima, antes de su accidente, y cuyo audio me he pasado escuchando hoy vía Skype mientras conversaba con ella.
 
No sé qué tan triste me voy a poner cuando lo vea finalmente como imagen, pero sí sé cómo me voy a sentir al final, y sé que será muy feliz (como al final del audio que he escuchado hoy que, aunque imperfecto y difícil de escuchar, me ha dado una idea.  Voy a poder ver a mi hermanito en su maravillosa plenitud de 17 años hace ya 17 años, en su increíble creatividad, en su frágil existencia anterior.  Y creo que ello me va a llenar de propósito y me va a permitir continuar a pesar de lo duro y lo dulce que estoy por presenciar.  Este backward trip, este flashback, va  a sellar el viaje de más de un mes y medio que he emprendido con este regalo de María Luisa: un video que no va a ser un conjunto de memorias para entristecernos, sino una caja de maravillas que nos motive a continuar como ferrocarriles por la autopista del día a día.  Ojalá que me inspire y ojalá que pueda llenar a mi familia de propósito.  Más que para rescatar emociones dormidas y dispararlas como un volcán inesperado hacia direcciones desconocidas (es inevitable, sucederá), espero que sirva más como conector entre nosotros y el espíritu de mi hermano, su iconostasis plasmada en las paredes estrelladas.  O, para ponerlo en términos más laicos y materiales, ojalá que la fuerza contenida en ese video estalle como flechas de propósito en nuestros subconscientes y nos mueva unificadamente a motivar a Miguel Ángel a recuperarse.  Ojalá que podamos rescatar su imagen y su memoria.  Ojalá y podamos rehacer, resucitar, rescatar, renovar, curar, purificar, rebrotar… 

Sé que, adentro de su mente, a pesar de todas las conexiones destruidas, siempre habrá una llama eléctrica consciente lista a ser llamada por la ciencia, las ganas, la emoción, la memoria en acción.  Alguna técnica médica nueva habrá por ahí que se nos ha escapado.  Ya llegará a nuestras manos.  Ese es el propósito del que estoy hablando, el propósito que debes tener dentro de ti para salvarte, hermanito, y el nuestro para invertir toda la energía posible para rescatarte de las tinieblas de tu mente, para que puedas subir nuevamente hasta la montaña del sacrificio, para que te de el sol y podamos apartar esta vez al brazo de la muerte.  Necesitamos establecer aquel conector bilateral, una antena comunitaria entre tú y nosotros.  Mientras escribo esto te imagino subiendo por las mismas escaleras que recorrimos el primer día en Petra.  En mi mente, te veo sobrepasando las tres piedras de los espíritus Jin del desierto y sumergiéndote dentro de la quebrada del Siq, recorriéndola hasta alcanzar la puerta del amanecer y los pilares del templo de Al-Khaznah.  A partir de ahí, recorrerías las siete tumbas y evitarías hundirte en la oscuridad de aquellos cuartos de arenisca llenos de carvernas abandonadas con la ceniza de sus campamentos beduinos.  En vez de explorar la tumba de la seda o la otra, que fue reconvertida en una iglesia bizantina, andarías por las escalinatas rumbo al noreste y te aparecerías ante el altar del sol, en la cima de la montaña. 

Allí sobre el altar, brillarías vivo y consciente de nuevo, como en el video que voy a ver mañana.  Aunque no voy a poder salir del Terminal 4, María Luisa ha encontrado una forma de llegar: comprará un pasaje barato para poder entrar al terminal con el video que veremos, que voy a guardar y que me voy a traer a Lima. 

Como dije, no creo en las coincidencias, pero hoy mi Ipod, que no funcionaba desde los tiempos en que andaba por China, mágicamente se encendió.  La primera canción, que escuché en el aleatorio que escogí fue una de PrinceI would die 4 U-.  La segunda canción, de Janis Joplin, fue –Trust Me.  La tercera, de Eric Clapton, -Sweet Chariot.  Fueron las canciones que un artilugio aleatorio de la computadora ordenó así.  Yo no tuve nada que ver.  Creo que tenían mucho sentido, que eran lo que necesitaba escuchar en aquel orden para inspirarme a escribir.  La primera canción tiene sentido, porque morir por algo es lo que creo que encarna la palabra propósito.  Es por ese propósito que creo haber encontrado que debo estar dispuesto a “morir”, aunque en el sentido metafórico del término.  Toda muerte debe ser pasajera, no debe ser final, como sí lo es la muerte física.  La muerte y resurrección continuada en mis propósitos es lo que deseo lograr.  La segunda canción, porque debo confiar en que aunque se me haya complicado el regreso a Lima, igual debo mantener la fe, keep the faith in me, como dice Janis Joplin, a pesar de que varias canciones después haya escuchado el canto Amerika Perdida de Mano Negra.  La tercer canción, Sweet Chariot, está impregnada de sentido.

Look over Jordan what do I see?  Coming for to carry me home.  Band of Angels coming over me. Coming for to carry me home.

Hoy he cruzado el río Jordán y ambos bancos del río (West & East Banks) a través del puente King Hussein y he finalizado el viaje.  Quien compuso Sweet Chariot fue un indio americano liberado después de la guerra civil americana, un Choctaw freedmen llamado Wallis Willis, y la creó en honor a un río rojo en Estados Unidos que le inspiraba al río Jordán y a la carroza de fuego que vino a llevarse al profeta Elías.  Un río en América que le recuerda a un indio americano el Jordán y el profeta Elías generan una canción que un siglo después cantarán Joan Baez en Woodstock y también Eric Clapton & The Cream.  Estoy recontra lejos de figurarme un Elías metafórico, pero sí me inspira la canción, pues no sólo he atravesado el Jordán físico hoy, sino también un Jordán metafórico en la trayectoria de la vida.  Creo que las cosas, a partir de ahora, van a ser distintas.  Ayer, de pie en los muros de la puerta de Jaffa en Jerusalén antigua, recordábamos el holocausto en silencio e inmóviles.  Pasaban por nuestras mentes seis millones de judíos muertos, además de los gitanos, homosexuales, débiles mentales, enfermos, prisioneros de guerra, pacifistas, anti-nazis, etc.…y a ellos habría que sumar a los del genocidio armenio, a los millones perecidos por Mao, Pol Pot, Stalin, a los miles de Sendero y Pinochet,… una interminable lista de tragedias.   Y aquel mismo día, como una coincidencia sideral, morían Osama Bin Laden y el juez que condenó a Eichman, el nazi capturado en Argentina.  El mundo no podía ser el mismo después de todo aquel desembalse.

Por otro lado, aquella carreta que zigzaguea por el cielo y su bandada de ángeles me recuerdan a mi hermano y a su segundo nombre, que ahora sé que en árabe se dice Malak.  Tal vez, otra forma de leer el día de hoy, mi sueño y lo que está por venir es que yo regresaré en avión a través del cielo desde Eurasia hacia América, y él, Miguel, regresará, quién sabe cómo, desde el cielo hasta la tierra a unificarse con su cuerpo y a pasar un rato más con nosotros.  O, quizás, será lo contrario y su cuerpo nos abandone para unificarse con su imagen, su ícono, su espíritu.  Lo que sea mejor para él.  Lo que sea mejor para mis padres.  Lo que sea mejor para nosotros.  Wishful thinking, dirán algunos.  Bueno, pues solo en este lobby en medio del desierto no me queda otra más que pedir todos los deseos del mundo al mismo tiempo que cuento los minutos para mi vuelo.  Por último, aparte de pedir en voz alta esta salvación hoy en este hotel del desierto, también ayer me aseguré e hice varios pedidos que están insertados en un papelito en el muro de los lamentos, debajo de Al-Aqsa y del morro de la roca donde estuvo, hace dos mil años, el segundo templo.  Además, dentro de la iglesia del sepulcro lancé unas monedas en la capilla de Adán y besé algunas piedras donde supuestamente el Mesías sufrió, lloró, inhaló, exhaló.  Sean pues estas inofensivas señales que le doy al universo unos fósforos encendidos en la noche oscura, que tal vez no lleguen a expandirse a hogueras repletas de respuestas, pero que sí continúen volando como flechas iluminadas que guíen a través de la oscuridad al espíritu de nuestro propósito.